martes, 11 de septiembre de 2007

Self - portrait


- Let´s paint the town red. We will never be
as young as we are tonight.

sábado, 25 de agosto de 2007

Cobarde

Me sé mejor que nadie. Bien sé que mi fuerte nunca ha sido la dignidad. Me hubiera humillado públicamente, un día tras otro, en hora punta en mitad de la Gran Vía si con eso hubiese conseguido arrancarte una carcajada. Me hubiera bastado tu desprecio. Me hubiera declarado culpable de cualquier delito por la promesa de tu risa.
Quisiera poder acercarme a ti alguna vez, confesártelo todo, decirte que ya son más de mil los dias de espera, las noches en las que no he conseguido dormir porque pienso en ti, pero esto no vas a saberlo jamás porque no voy a atreverme a contártelo. Y es que, además de los defectos ya enunciados (de entre los cuales el peor, sin duda, es amarte como un loco), tengo que confesar que mi fuerte tampoco ha sido nunca la valentía.

viernes, 24 de agosto de 2007

Leccion primera - Ejercite su narcisismo

Juego. Me invento todos los destinos posibles. Soy, una tras otra, enferma terminal desdichada, rehén cruelmente torturada, huérfana abandonada al nacer. En un registro menos trágico, también imagino mi ruptura, todas mis rupturas (las que ya han cicatrizado y las que vendrán después). Las construyo como un largometraje: dibujo cada escena, retoco las localizaciones, me miro mucho. Es una película aburrida: planos largos y estáticos, cámara en mano, muy cerca, captando detalles de mi cara, mi cuerpo a menos de veinte centímetros. Un ojo indiscreto observando el proceso, sin compartir el dolor o el alivio. Es una imagen rara, así como verdosa, casi de Polaroid. Mi piel parece aún más clara, me gusta esa palidez. Debe de haber algún tipo de filtro pero no sé cuál. Hablo poco, siempre se escucha el silencio.

(... Ella llorando desconsolada. Ahoga los sollozos y se tapa los ojos con las manos. La televisión encendida, sin sonido. Ella secándose las lágrimas con la manga del jersey. Ella dormitando en el sofá, por fin, con los párpados hinchados. Respira por la boca, muy hondo, muy despacio. Ella mordiéndose los labios, abrazada a un cojín. Ella en la calle sin abrigo, ruido de botines sobre el asfalto, mirada intermitente. El tráfico, los semáforos en rojo. Peatones refugiándose en su anonimato. Incesantes vagabundeos por la ciudad inhóspita. Ella observando la ventana en la que... Ella sentada en el banco en el que... Ella releyendo cartas de amor...)

Por suerte para mí, no concibo la desgracia como forma de vida aceptable a largo plazo.
Por suerte para el resto de la humanidad, no tengo vocación de mártir. Ni de cineasta.

miércoles, 1 de agosto de 2007

El amor a la intemperie.

No te creas, no siempre fue así, al principio las cosas iban bien y bromeábamos sobre envejecer juntos cogidos de la mano, y hubo un momento, un ínfimo suspiro, en el que yo llegué a creérmelo, pensé que había conseguido calmar sus ansias de destrucción, que la había hecho un poquito mía. Pero no se adiestra nunca a mujeres así, no se dejan. Primero bajan la cabeza y se dejan acariciar, ronronean, y en cuanto se cansan del juego desaparecen y no vuelves a verlas hasta muchos años después. Antes de la explosión estaba hermosa, un mar en calma, conseguía ocuparse de sí misma sin mucho esfuerzo, pero ahora que lo pienso con más tiempo me estaba mandando un montón de señales de socorro, mensajes de humo que yo no supe ver. Cuando se marchó rebusqué entre su ropa en busca de alguna pista, una explicación, cualquier cosa que me consolara, y sólo encontré papeles con garabatos y poemas largos y dibujos hechos con carboncillo.
Seis semanas después me mandó una carta explicando que se mudaba a Barcelona por no sé bien qué asunto y yo, pobre ingenuo, le contesté con verdades absolutas escritas en presente, como si todavía viviera conmigo, le dije “Me siento violento y feroz cuando te miro y sonríes. Quisiera arrancarte la risa a bocados, disfrazarme de vampiro, pedirte que te sientes en otra mesa para abordarte como aquel primer día, convencerte de que me sigas al baño, a cualquier parte, admitirte de entrada que no se me da bien esto de hacer feliz a una mujer hambrienta. Me pongo a temblar de puro miedo cuando te observo dormir con tu sueño agitado e inquieto. Sabría reconocerte con los ojos cerrados. Me aterra la idea de que te marches y no vuelvas” pero ya sabía que era inútil suplicarle, que no volvería conmigo.
Recibí una llamada, al fin, una larga noche de invierno: me levanté de golpe, sobresaltado, y descubrí que su voz todavía tenía el don de apaciguarme los dolores del alma.
- Estoy bien, te llamo de una cabina. No creo que pueda aguantar mucho, apenas tengo monedas...
- Dime, ¿dónde estás? Dímelo mi amor, en seguida voy a buscarte.
Era desastroso. Yo estaba enamorado como un loco y ella insistía en que no necesitaba que nadie fuera a buscarla, sólo quería darme su nueva dirección y desearme suerte. Su voz sonaba rara en la espesa oscuridad de una ciudad muy alejada de la mía.
- He cambiado de apartamento. Tuve que venirme a la costa, quería ver el mar, sólo por comprobar si era capaz de aguantarle la mirada. Quédate algún día que estés de paso, la playa es mucho mejor disfrutarla cuando hace frío y está desierta.
Y, sin embargo, me dio la impresión de que se estaba despidiendo de mí para siempre. Luego colgó y yo me quedé escuchando el pitido del teléfono hasta que me dormí.

Instantánea.

Le clavé las uñas en la espalda para ver si despertaba. Se giró y, con aliento de sueño, me dijo: "Me noto como un agujero en el pecho, como si me hubieran arrancado el corazón, como si me hubieran robado sus latidos, ¿has sido tú?"

jueves, 12 de julio de 2007

London III

Fish & chips en papeles de periodico grasientos. Latas de cerveza vacias. Chicos con DocMartens y chicas con Converse. Viejos borrachos vomitando en banyos publicos. La ciudad mas ruidosa del mundo. El rumor de la lluvia golpeando las ventanas. Gente hablando en voz alta por la calle, en plena batalla dialectica con el enemigo que es uno mismo. Musica en directo. Vagabundos que sonrien con una mueca, torciendo la boca. Vagabundos que tosen, aranyandose la garganta a mi paso, escupiendo saliva y bilis. Ejecutivos que no se sientan en el autobus para evitar arrugarse el traje.

Las ventanas del despacho en el que trabajo dan a un patio interior, pero yo me imagino que es Hyde Park o la tundra siberiana o el desierto de Sonora, segun mi estado de animo. En Londres no se ven las estrellas porque hay demasiada luz, siempre, incluso cuando es de noche, tan tarde que empiezas a preguntarte si no es pronto.

Es todo terriblemente feo y hermoso. Hay un profundo hedor a muerte, el olor a carne apilada y corrupta, pero de repente percibes la pureza de los actos cotidianos, y te descubres a ti mismo soltando topicos absurdos y verdaderos, afirmando que vivir es un acto de resistencia, la unica decision posible para sobrevivirle al monstruo que es esta ciudad que nunca duerme.
He hecho un sondeo entre mis companyeros. Todos, sin excepcion, tienen la certeza de estar volviendose locos. O cuerdos, quien sabe.

miércoles, 4 de julio de 2007

London II

Me siento brutal, radicalmente distinta. Llena de una furia nueva y descontrolada. Londres me ha convertido en una criatura en permanente estado de alerta. En un animal siempre al acecho.

Me siento brutal, radicalmente distinta. Pero al resto del mundo parece darle igual: el metro sigue con su incesante traqueteo por las entranyas de la ciudad, nadie cambia de acera a mi paso, mi salvaje transformacion no consta en los diarios britanicos.

martes, 3 de julio de 2007

London I

Londres es una ciudad cara y ultracompetitiva, llena de gente cool y de gente que se cree cool y de miserables dormitando em las esquinas, rezando para no amanecer muertos de frio. Es una ciudad siempre con prisas, desprovista de escrupulos, sin acento en los teclados, humeda e inclemente. Un paraiso lleno de luces parpadeantes que apuntan al cielo y gritos de neon que no se apagan nunca.
Si, ya he llegado. Londres va a ser mi cuidad durante los proximos meses. Solo tengo, de momento, un trabajo provisional, una beca Erasmus que dudo me permita sobrevivir mas de dos semanas, una habitacion casi vacia y muchas ganas de patearme las calles en busca de algo que apacigue mis demonios. Sumergirme, bucear, que se yo.
Me lo tomo como un viaje iniciatico. Quiza no sea tan dificil meter mi vida en un par de maletas, respirar hondo y dejar atras diecinueve anyos de madura inexperiencia. Al fin y al cabo, se trata de empezar de nuevo, constuirme otra vida, reinventarme cada manyana.
Quiza lo verdaderamente dificil sea tener que volver desde tan lejos, en unos meses, y descubrir que no soy la unica que ha cambiado.

jueves, 28 de junio de 2007

Pequeñas tragedias cotidianas.

Como descubrir que últimamente has crecido, pese a todo el empeño que le pusiste, por lo que tu habitación se te está quedando estrecha. Y tu mundo, de paso, también.
Intentar arreglarlo de cualquier modo. Tirarte el vaso de leche encima. Asumir que no tienes término medio. Hacer miles de promesas y prometer cumplirlas todas. Llegar tarde a citas importantes y perder el tiempo retozando en la cama. Volver a encontrarlo (el tiempo), y empeñarte en gastarlo de nuevo de la peor manera posible. Fingir el dolor y disimular el amor. Etcétera.
Decir verdades a medias y mentiras piadosas. Insistir, aunque sea por pura cabezonería. Cocinar para dos aunque vayas a cenar sola. Salir en busca de un amor de verano y acabar suplicándole al farmacéutico un par de diazepanes sin receta. Jugar a pisar únicamente las rayas del enlosado, y comprobar que los niños del parque te miran raro, como si fueras de otro planeta.
Solucionar todo lo anterior confesándole, a media voz, que te gusta verle dormir, que te gusta verle.

lunes, 11 de junio de 2007

Loneliness is my best friend.

No recordaba haberme sentido tan extraño y vacío desde mi última estancia en el hospital. Anoche eché en falta un cuerpo al que abrazarme, pero por suerte pude retener el llanto antes de que desbordara y descargué mi ira contra el colchón, ciego y torpe, ahogándome de rabia. Al final decidí llamarla y le pedí que no me dejara, que yo aún la amaba, a mi manera, sí, pero no sabía vivir sin ella, que la notaba tan lejos...
Me dijo que no podía, que se había instalado en casa de aquel tipo que conoció cuando aún trabajaba. Aquello fue un puñetazo directo a la boca del estómago. Me sentí tan hundido y desgraciado que le conté mi plan, le supliqué, ya verás, no existirá nada más que tú y yo juntos, viajaremos en línea recta hacia el Oeste, imagínate el coche alejándose por carreteras polvorientas, ¿no tienes ganas?, dormiremos en moteles y no volveremos nunca...
Luego colgué. Me di cuenta de que lo que yo más echaba de menos eran sus mamadas, su lengua pegada a mi polla, su boca húmeda que siempre lograba derretir el dolor, apaciguar mis demonios. Me chupaba la polla, rodeándola despacio con los labios, y yo me dormía tranquilo como un niño. El mundo podía derrumbarse a mi alrededor.
Me puse triste al recordarla, con sus manos pequeñas y sus gemidos de gata. El anhelo me consumía. Deseé amar a alguien, quien fuera, con las pocas fuerzas que me quedaban, regalarle el coche y los centavos de mi bolsillo a cambio de deshacerme de este olor a pérdida y a culpa. Nada podía consolarme, excepto, quizá, el beso desesperado de alguna mujer hermosa que me recordara a ella. El alcohol me hizo vomitar pero no ayudó demasiado. Traté de sacudirme de encima a esa puta barata que es la soledad. No hubo forma.

viernes, 8 de junio de 2007

Let´s have a chat.

Ella - ¿Sabes? Una noche estuve con un tipo que me dio dos mil pesetas para que volviera a mi casa en taxi. Al final cogí el metro: esa vez llegué con más dinero en el bolsillo del que me había llevado al salir de casa.
Él - Siempre se es demasiado bueno con las chicas como tú.

miércoles, 6 de junio de 2007

Homenaje.

"En el fondo somos todos unos miserables y hasta la mujer más bonita tiene mal aliento por las mañanas.
Sangre y linfa. Yo creí que la vida era otra cosa."
***
Y, como era un gran admirador de Buñuel, creyó oportuno hacerle un último homenaje a su adorado cineasta ahorcándose de la viga del granero con una cuerda de saltar a la comba.

viernes, 1 de junio de 2007

Figurantes.

Mi padre me explicó una vez que hay tres clases de hombres: los que cuentan su historia, los que no la cuentan, y los que no la tienen.
Lo que no me dijo (y descubriría yo solita unos años más tarde) es que también hay tres clases de mujeres: las que actúan en esa historia, las que presencian la escena de lejos, y aquellas que escuchan a los hombres narrarles historias en las que siempre aparecen otras.

domingo, 20 de mayo de 2007

Cosas que hice ayer.

Me desperté por las pesadillas. Había llegado tan colocada la noche anterior que ni siquiera logré meterme en la cama. Sólo me había desvestido y amanecí así, sin ropa, con la almohada entre las piernas y las persianas abiertas. Le deseé unas cuantas veces, restregándome en la cama como un adolescente, sin darme un sólo segundo de tregua, hasta conseguir calmarme un poco. Fui a la cocina y me observé de pasada en el espejo.
Rompí un par de vasos adrede, deleitándome con el sonido de la explosión, y luego recogí los trozos despacio, como quien acaricia a un anciano moribundo. Me imaginé sonriendo extrañamente al escuchar cualquier mala noticia. Fantasée con la remota posibilidad de largarme una temporada al sur. Me sentí acosada por la vergüenza y la culpa, ideé mil formas de humillación pública.
Me llené la barriga de leche fría hasta sentir arcadas. Me cepillé el pelo con furia descontrolada. Leí con sumo interés algunos apuntes bursátiles de un periódico más que caducado. Desconecté el teléfono y me eché a llorar. Una hora más tarde volvió el dolor, más intenso que la semana pasada, y metí la cabeza bajo el chorro de la ducha. Decidí firmemente y por enésima vez colarme en cualquier iglesia, confesar pecados inventados e implorar, desconsolada, el perdón.
Después salí a fumarme un cigarro al balcón, no fuera a ser que la llegada del príncipe azul me pillara desprevenida.

jueves, 10 de mayo de 2007

Primavera y otras promesas de redención.

Ayer ordené mi habitación. Nada digno de mencionar; sólo papeles y basura. Pero como de algo tiene que servir esta página, transcribo:

Putas etcétera.

I.
A ella, decirle que está guapa es casi tanto como invitarla a pasar la noche en tu cama. Y lo segundo casi le hace más ilusión.

II.
Él era el único que no me trataba como una puta. Se empeñaba en hacerme regalos, me llevaba al cine, me invitaba a cenar. Pero también me dejó, justo un mes después: se disculpó alegando que los polvos conmigo le salían carísimos.

III.
- ¿Qué haces así (des)vestida? ¿Porqué no me dejas un rato en paz? ¿No piensas levantarte nunca? Venga, sal y diviértete!
(Y ella, mordiéndose el labio inferior)
- Es que... yo sólo sé divertirme de una manera.

IV.
Él venía al club todos los días, y pedía siempre lo mismo: un whisky doble. Locamente enamorada, ella le observaba desde lejos, detrás de la barra en penumbra.Y todas las putas noches, ella bebía lo mismo, cuando él se marchaba, en su vaso sucio.
Nadie entendió nunca porqué aquella camarera tomaba whisky si le hacía llorar.

V.
Fue en el año 70. La conocí en L´Éperon, un bar oscuro escondido en un callejón que daba a la calle Barbusse, en París. Fumaba, apoyada en la barra, inaccesible y muda como una estatua. Me senté a su lado y solté alguna frase estúpida, algo sobre el tráfico y el tiempo y las heridas que nunca curan. No desvió la mirada, siguió con los ojos clavados al frente, y yo no pude evitar fijarme en sus tetazas y su boquita de zorra parisina. Me estaba poniendo enfermo de amor.
Seguí con mi absurdo monólogo sobre las miserias de la vida en general. El camarero secaba vasos en un rincón y asentía de vez en cuando. Tras un silencio casi eterno, la chica preguntó mi nombre y luego se limitó a susurrar:
- Oliverio, claro.
Pasé por alto el comentario y comenzé a narrarle mis desventuras de poeta urbano abandonado en una ciudad que se me resistía. Me miró, por fin, me ofreció un cigarrillo: fumaba Gauloises Blondes y eso, dios sabe por qué, me hizo sonreir.
Creo que me acordaré siempre de la curva de su cuello y las ganas de apretarla contra mí y no soltarla nunca, de tenerla arrodillada lamiéndome despacio, las ganas de reventarle la boca hasta golpear su garganta.
Se me debieron de nublar los ojos, porque me pidió doscientos francos y me dijo que me esperaba en el baño. Se largó con el aire resignado que tienen, supongo, todas las que acostumbran a follar por dinero. La seguí, cabizbajo, con el corazón latiéndome en la punta de la polla.
Se levantó el vestido y me ofreció su culo. Yo la empalé como pude, entre gemidos y sollozos. Bastaron un par de embestidas antes de que le diera la vuelta y le salpicara toda. Se relamió las comisuras de los labios mientras me explicaba que siempre lloraba cuando se corría, no podía evitarlo. Luego me supo mal verla así, menguada bajo la luz azul del baño, y le pregunté si tenía hambre, podíamos tomar un café o dormir un par de horas en mi apartamento. En realidad mantenía la vaga esperanza de que me dejara echarle otro polvo, sin cobrármelo esta vez.
Pero sacudió la cabeza y me dijo que nunca salía del bar, que hacía meses que no pasaba el umbral de la puerta, que ya no recordaba la última vez que había salido a la calle, ni la luz del sol ni el mercado de Les Halles ni las aceras llenas de estudiantes vestidos de negro.
Por eso nunca volví al bar de L´Éperon, por pura cobardía, porque me mataba de miedo volver a imaginarla, inaccesible y muda como una estatua, apoyada en la barra, un día tras otro.