Mi padre me explicó una vez que hay tres clases de hombres: los que cuentan su historia, los que no la cuentan, y los que no la tienen.
Lo que no me dijo (y descubriría yo solita unos años más tarde) es que también hay tres clases de mujeres: las que actúan en esa historia, las que presencian la escena de lejos, y aquellas que escuchan a los hombres narrarles historias en las que siempre aparecen otras.
viernes, 1 de junio de 2007
domingo, 20 de mayo de 2007
Cosas que hice ayer.
Me desperté por las pesadillas. Había llegado tan colocada la noche anterior que ni siquiera logré meterme en la cama. Sólo me había desvestido y amanecí así, sin ropa, con la almohada entre las piernas y las persianas abiertas. Le deseé unas cuantas veces, restregándome en la cama como un adolescente, sin darme un sólo segundo de tregua, hasta conseguir calmarme un poco. Fui a la cocina y me observé de pasada en el espejo.
Rompí un par de vasos adrede, deleitándome con el sonido de la explosión, y luego recogí los trozos despacio, como quien acaricia a un anciano moribundo. Me imaginé sonriendo extrañamente al escuchar cualquier mala noticia. Fantasée con la remota posibilidad de largarme una temporada al sur. Me sentí acosada por la vergüenza y la culpa, ideé mil formas de humillación pública.
Me llené la barriga de leche fría hasta sentir arcadas. Me cepillé el pelo con furia descontrolada. Leí con sumo interés algunos apuntes bursátiles de un periódico más que caducado. Desconecté el teléfono y me eché a llorar. Una hora más tarde volvió el dolor, más intenso que la semana pasada, y metí la cabeza bajo el chorro de la ducha. Decidí firmemente y por enésima vez colarme en cualquier iglesia, confesar pecados inventados e implorar, desconsolada, el perdón.
Después salí a fumarme un cigarro al balcón, no fuera a ser que la llegada del príncipe azul me pillara desprevenida.
jueves, 10 de mayo de 2007
Primavera y otras promesas de redención.
Ayer ordené mi habitación. Nada digno de mencionar; sólo papeles y basura. Pero como de algo tiene que servir esta página, transcribo:
Putas etcétera.
I.
A ella, decirle que está guapa es casi tanto como invitarla a pasar la noche en tu cama. Y lo segundo casi le hace más ilusión.
II.
Él era el único que no me trataba como una puta. Se empeñaba en hacerme regalos, me llevaba al cine, me invitaba a cenar. Pero también me dejó, justo un mes después: se disculpó alegando que los polvos conmigo le salían carísimos.
III.
- ¿Qué haces así (des)vestida? ¿Porqué no me dejas un rato en paz? ¿No piensas levantarte nunca? Venga, sal y diviértete!
(Y ella, mordiéndose el labio inferior)
- Es que... yo sólo sé divertirme de una manera.
IV.
Él venía al club todos los días, y pedía siempre lo mismo: un whisky doble. Locamente enamorada, ella le observaba desde lejos, detrás de la barra en penumbra.Y todas las putas noches, ella bebía lo mismo, cuando él se marchaba, en su vaso sucio.
Nadie entendió nunca porqué aquella camarera tomaba whisky si le hacía llorar.
V.
Fue en el año 70. La conocí en L´Éperon, un bar oscuro escondido en un callejón que daba a la calle Barbusse, en París. Fumaba, apoyada en la barra, inaccesible y muda como una estatua. Me senté a su lado y solté alguna frase estúpida, algo sobre el tráfico y el tiempo y las heridas que nunca curan. No desvió la mirada, siguió con los ojos clavados al frente, y yo no pude evitar fijarme en sus tetazas y su boquita de zorra parisina. Me estaba poniendo enfermo de amor.
Seguí con mi absurdo monólogo sobre las miserias de la vida en general. El camarero secaba vasos en un rincón y asentía de vez en cuando. Tras un silencio casi eterno, la chica preguntó mi nombre y luego se limitó a susurrar:
- Oliverio, claro.
Pasé por alto el comentario y comenzé a narrarle mis desventuras de poeta urbano abandonado en una ciudad que se me resistía. Me miró, por fin, me ofreció un cigarrillo: fumaba Gauloises Blondes y eso, dios sabe por qué, me hizo sonreir.
Creo que me acordaré siempre de la curva de su cuello y las ganas de apretarla contra mí y no soltarla nunca, de tenerla arrodillada lamiéndome despacio, las ganas de reventarle la boca hasta golpear su garganta.
Se me debieron de nublar los ojos, porque me pidió doscientos francos y me dijo que me esperaba en el baño. Se largó con el aire resignado que tienen, supongo, todas las que acostumbran a follar por dinero. La seguí, cabizbajo, con el corazón latiéndome en la punta de la polla.
Se levantó el vestido y me ofreció su culo. Yo la empalé como pude, entre gemidos y sollozos. Bastaron un par de embestidas antes de que le diera la vuelta y le salpicara toda. Se relamió las comisuras de los labios mientras me explicaba que siempre lloraba cuando se corría, no podía evitarlo. Luego me supo mal verla así, menguada bajo la luz azul del baño, y le pregunté si tenía hambre, podíamos tomar un café o dormir un par de horas en mi apartamento. En realidad mantenía la vaga esperanza de que me dejara echarle otro polvo, sin cobrármelo esta vez.
Pero sacudió la cabeza y me dijo que nunca salía del bar, que hacía meses que no pasaba el umbral de la puerta, que ya no recordaba la última vez que había salido a la calle, ni la luz del sol ni el mercado de Les Halles ni las aceras llenas de estudiantes vestidos de negro.
Por eso nunca volví al bar de L´Éperon, por pura cobardía, porque me mataba de miedo volver a imaginarla, inaccesible y muda como una estatua, apoyada en la barra, un día tras otro.
Putas etcétera.
I.
A ella, decirle que está guapa es casi tanto como invitarla a pasar la noche en tu cama. Y lo segundo casi le hace más ilusión.
II.
Él era el único que no me trataba como una puta. Se empeñaba en hacerme regalos, me llevaba al cine, me invitaba a cenar. Pero también me dejó, justo un mes después: se disculpó alegando que los polvos conmigo le salían carísimos.
III.
- ¿Qué haces así (des)vestida? ¿Porqué no me dejas un rato en paz? ¿No piensas levantarte nunca? Venga, sal y diviértete!
(Y ella, mordiéndose el labio inferior)
- Es que... yo sólo sé divertirme de una manera.
IV.
Él venía al club todos los días, y pedía siempre lo mismo: un whisky doble. Locamente enamorada, ella le observaba desde lejos, detrás de la barra en penumbra.Y todas las putas noches, ella bebía lo mismo, cuando él se marchaba, en su vaso sucio.
Nadie entendió nunca porqué aquella camarera tomaba whisky si le hacía llorar.
V.
Fue en el año 70. La conocí en L´Éperon, un bar oscuro escondido en un callejón que daba a la calle Barbusse, en París. Fumaba, apoyada en la barra, inaccesible y muda como una estatua. Me senté a su lado y solté alguna frase estúpida, algo sobre el tráfico y el tiempo y las heridas que nunca curan. No desvió la mirada, siguió con los ojos clavados al frente, y yo no pude evitar fijarme en sus tetazas y su boquita de zorra parisina. Me estaba poniendo enfermo de amor.
Seguí con mi absurdo monólogo sobre las miserias de la vida en general. El camarero secaba vasos en un rincón y asentía de vez en cuando. Tras un silencio casi eterno, la chica preguntó mi nombre y luego se limitó a susurrar:
- Oliverio, claro.
Pasé por alto el comentario y comenzé a narrarle mis desventuras de poeta urbano abandonado en una ciudad que se me resistía. Me miró, por fin, me ofreció un cigarrillo: fumaba Gauloises Blondes y eso, dios sabe por qué, me hizo sonreir.
Creo que me acordaré siempre de la curva de su cuello y las ganas de apretarla contra mí y no soltarla nunca, de tenerla arrodillada lamiéndome despacio, las ganas de reventarle la boca hasta golpear su garganta.
Se me debieron de nublar los ojos, porque me pidió doscientos francos y me dijo que me esperaba en el baño. Se largó con el aire resignado que tienen, supongo, todas las que acostumbran a follar por dinero. La seguí, cabizbajo, con el corazón latiéndome en la punta de la polla.
Se levantó el vestido y me ofreció su culo. Yo la empalé como pude, entre gemidos y sollozos. Bastaron un par de embestidas antes de que le diera la vuelta y le salpicara toda. Se relamió las comisuras de los labios mientras me explicaba que siempre lloraba cuando se corría, no podía evitarlo. Luego me supo mal verla así, menguada bajo la luz azul del baño, y le pregunté si tenía hambre, podíamos tomar un café o dormir un par de horas en mi apartamento. En realidad mantenía la vaga esperanza de que me dejara echarle otro polvo, sin cobrármelo esta vez.
Pero sacudió la cabeza y me dijo que nunca salía del bar, que hacía meses que no pasaba el umbral de la puerta, que ya no recordaba la última vez que había salido a la calle, ni la luz del sol ni el mercado de Les Halles ni las aceras llenas de estudiantes vestidos de negro.
Por eso nunca volví al bar de L´Éperon, por pura cobardía, porque me mataba de miedo volver a imaginarla, inaccesible y muda como una estatua, apoyada en la barra, un día tras otro.
martes, 17 de abril de 2007
Que no llegue el armisticio.
Un país en guerra. Una chica en una biblioteca, de pie frente un estante. Parece angustiada.
Piglia había logrado saciarla la noche anterior. Hace unos días decretó que Pappini era oscuro y aburrido. Pensaba saltarse a Pombo sin el menor asomo de culpa. Hoy tocaba Pirandello.
Atrás quedaron las semanas de frío solitario, las horas perdidas agazapada en el sótano, las alarmas que saltaban cada hora. Suspendieron las clases en la facultad cuando comenzó la invasión y ella se aburría mortalmente. El último día del año mataron a su hermano de un tiro en el estómago, en un fuego cruzado. Ella se pasó toda la noche velando su cuerpo, acariciando la manta que le hacía de sudario. Y empezó con Amis en enero, y luego Beckett, Brecht, Bulgakov. Febrero fue tomado por Calvino y Cohen (de Chesterton no había nada), las tropas seguían avanzando y ella volvió atrás para recuperar a Bolaño y después fue el turno de Duras. Justo entonces se puso enferma y, uno tras otro, cayeron Éluard, Faulkner, Handke. Dejó de lado a Ibsen pero acabó, rápida y metódica, con Hesse y Ionesco. Llegó marzo y no cesaban los rumores de bombas y los llantos. Kazantzákis, Maiakovski, Nabokov, etcétera.
Y así casi hasta hoy. Parece angustiada, sí, pero no todo está perdido. Por suerte, aún quedan Queneau, Roa Bastos, Saramago, Salinger, Solzhenitsine ("Me gusta mucho la ese, sí, pero por Sartre no paso, faltaría más. ¿Qué sentido tiene leer a un bizco existencialista en plena guerra?") y luego Tabucchi o Toole. Verlaine, Vian, Vidal. Por riguroso orden. Quizá Woolf. Quizá.
La chica sonríe: aún hay esperanza. Al menos durante el próximo mes, mientras sigan los bombardeos y las sirenas de ambulancia, ella podrá leer tranquila.
Piglia había logrado saciarla la noche anterior. Hace unos días decretó que Pappini era oscuro y aburrido. Pensaba saltarse a Pombo sin el menor asomo de culpa. Hoy tocaba Pirandello.
Atrás quedaron las semanas de frío solitario, las horas perdidas agazapada en el sótano, las alarmas que saltaban cada hora. Suspendieron las clases en la facultad cuando comenzó la invasión y ella se aburría mortalmente. El último día del año mataron a su hermano de un tiro en el estómago, en un fuego cruzado. Ella se pasó toda la noche velando su cuerpo, acariciando la manta que le hacía de sudario. Y empezó con Amis en enero, y luego Beckett, Brecht, Bulgakov. Febrero fue tomado por Calvino y Cohen (de Chesterton no había nada), las tropas seguían avanzando y ella volvió atrás para recuperar a Bolaño y después fue el turno de Duras. Justo entonces se puso enferma y, uno tras otro, cayeron Éluard, Faulkner, Handke. Dejó de lado a Ibsen pero acabó, rápida y metódica, con Hesse y Ionesco. Llegó marzo y no cesaban los rumores de bombas y los llantos. Kazantzákis, Maiakovski, Nabokov, etcétera.
Y así casi hasta hoy. Parece angustiada, sí, pero no todo está perdido. Por suerte, aún quedan Queneau, Roa Bastos, Saramago, Salinger, Solzhenitsine ("Me gusta mucho la ese, sí, pero por Sartre no paso, faltaría más. ¿Qué sentido tiene leer a un bizco existencialista en plena guerra?") y luego Tabucchi o Toole. Verlaine, Vian, Vidal. Por riguroso orden. Quizá Woolf. Quizá.
La chica sonríe: aún hay esperanza. Al menos durante el próximo mes, mientras sigan los bombardeos y las sirenas de ambulancia, ella podrá leer tranquila.
martes, 27 de marzo de 2007
martes, 20 de marzo de 2007
Mándame al infierno.
Imagínenme. Sí, imagínenme más o menos como siempre, con el pelo recogido y un vestido negro, cualquier noche de madrugada en un calle gris, pero con cara de notable enfado, con el ceño fruncido, enfurruñada pero como de mentira, como la niña que amenaza con una escandalosa rabieta en público. Imagínenme, algo molesta, quizá, por el éxito que tuvo entre el empalagoso género femenino del lugar la aparición de mi último hallazgo. Rioplatense, esta vez.
Andaba demasiado ocupada como para darme cuenta del frío. Odié intensamente a las parejas que se besaban en las vallas publicitarias. El adorable sorete en cuestión caminaba tres pasos por delante, impaciente, con los hombros encogidos y el humo de un cigarrillo moribundo escapando entre sus dedos.
- Va, vení, si seguís a ese paso no llegaremos nunca. Tenés que apurarte, que se hace tarde.
- Hazte mirar lo del acento, llevas aquí más de dos años y todavía no se te ha curado.
Gira la cabeza, por fin.
- Claro, ya sé, la nenita se nos puso de mal humor...
- No, pero me repatea que sólo con proclamar que eres argentino, soltar dos "boludo" y tres "pelotudo" todas las féminas caigan rendidas a tus pies.
- Tenés razón, no hago justicia a todos mis atributos.
- ...
- Náh, nada de escenitas, ¿eh? Y quitate ese aire irritado y dolido, que te quiero demasiado como para mandarte al quinto carajo.
Intenta agarrarme de la cintura. Me separo un par de metros. Finjo jugar poniendo un pie tras otro en el bordillo de la acera. El problema (el mío, al menos) es que elijo hombres que nunca se dan por vencidos. Se acerca despacio y me susurra
- Linda.
y ahí ya se va todo al traste. Cualquier estrategia se revela inservible. Otro piropo, por sugerente o sofisticado que resultara, me hubiera dado igual. Pero así no. Volví a escucharle
- Linda.
y fue suficiente para hacerme sonreír y olvidarme del resto. Con los pies justo en la raya del enlosado, tuve que cerrar los ojos y aceptar su boca y su abrazo, tuve que colarme en su abrigo abierto y hacerle notar mi aliento en el cuello y mis dedos entrelazados en sus bolsillos y mis párpados sujetos por su voz cálida, esa voz que a mí me mata. Repitió
- Linda.
y bastó para que aceptara seguirle donde fuera.
Él, dadas las circunstancias y la temperatura exterior, consideró oportuno que nos refugiáramos en su cama.
Andaba demasiado ocupada como para darme cuenta del frío. Odié intensamente a las parejas que se besaban en las vallas publicitarias. El adorable sorete en cuestión caminaba tres pasos por delante, impaciente, con los hombros encogidos y el humo de un cigarrillo moribundo escapando entre sus dedos.
- Va, vení, si seguís a ese paso no llegaremos nunca. Tenés que apurarte, que se hace tarde.
- Hazte mirar lo del acento, llevas aquí más de dos años y todavía no se te ha curado.
Gira la cabeza, por fin.
- Claro, ya sé, la nenita se nos puso de mal humor...
- No, pero me repatea que sólo con proclamar que eres argentino, soltar dos "boludo" y tres "pelotudo" todas las féminas caigan rendidas a tus pies.
- Tenés razón, no hago justicia a todos mis atributos.
- ...
- Náh, nada de escenitas, ¿eh? Y quitate ese aire irritado y dolido, que te quiero demasiado como para mandarte al quinto carajo.
Intenta agarrarme de la cintura. Me separo un par de metros. Finjo jugar poniendo un pie tras otro en el bordillo de la acera. El problema (el mío, al menos) es que elijo hombres que nunca se dan por vencidos. Se acerca despacio y me susurra
- Linda.
y ahí ya se va todo al traste. Cualquier estrategia se revela inservible. Otro piropo, por sugerente o sofisticado que resultara, me hubiera dado igual. Pero así no. Volví a escucharle
- Linda.
y fue suficiente para hacerme sonreír y olvidarme del resto. Con los pies justo en la raya del enlosado, tuve que cerrar los ojos y aceptar su boca y su abrazo, tuve que colarme en su abrigo abierto y hacerle notar mi aliento en el cuello y mis dedos entrelazados en sus bolsillos y mis párpados sujetos por su voz cálida, esa voz que a mí me mata. Repitió
- Linda.
y bastó para que aceptara seguirle donde fuera.
Él, dadas las circunstancias y la temperatura exterior, consideró oportuno que nos refugiáramos en su cama.
jueves, 22 de febrero de 2007
Diez.
A él se le olvidan con frecuencia los diez años que les separan, se le difumina la diferencia de edad y, por error o despiste, le recuerda momentos que jamás vivieron juntos.
- Yo me pasaba los días pensando en arrancarte la ropa. Una noche fuimos al cine y te pintaste los labios, y yo te borré el rojo a golpe de besos y acabamos, de nuevo, salvajes y resbaladizos, asesinándonos las ganas en cualquier esquina, con cualquier excusa. Y yo con el miedo siempre en la boca del estómago, bien agarrado, por si te me robaban, por si alguen salía al portal y te descubría así entre mis brazos, sinuosa y mitológica, concentrada en tus caricias, con las manos llenas de una sabiduría nueva, legendaria, con el secreto de los siglos en la punta de la lengua. Tenías un afán explorador que siempre me sorprendió, un ansia incontrolable y desbordada, que llegaba a raudales, y ese rubor de tus mejillas y ese calor de tus entrañas...
- No era yo, no puede ser. No era yo. Eso era con otra, seguro. Estabas con otra.
Entonces él le reprocha amargamente que no fue con ella porque ella no quiso, porque aún era medio niña y medio tonta, ocupada en vestir a sus muñecas y en aprender a montar en bici sin ruedines. A ella le enternece tanto reproche absurdo y, para que no se enfade mucho, le ronronea al oído y susurra:
- Menos mal que cambié de opinión, olvidé las muñecas y me quedé contigo, ¿verdad, mi amor?
Y todo termina bien, con un fundido en negro precioso, pese a los diez años de diferencia.
- Yo me pasaba los días pensando en arrancarte la ropa. Una noche fuimos al cine y te pintaste los labios, y yo te borré el rojo a golpe de besos y acabamos, de nuevo, salvajes y resbaladizos, asesinándonos las ganas en cualquier esquina, con cualquier excusa. Y yo con el miedo siempre en la boca del estómago, bien agarrado, por si te me robaban, por si alguen salía al portal y te descubría así entre mis brazos, sinuosa y mitológica, concentrada en tus caricias, con las manos llenas de una sabiduría nueva, legendaria, con el secreto de los siglos en la punta de la lengua. Tenías un afán explorador que siempre me sorprendió, un ansia incontrolable y desbordada, que llegaba a raudales, y ese rubor de tus mejillas y ese calor de tus entrañas...
- No era yo, no puede ser. No era yo. Eso era con otra, seguro. Estabas con otra.
Entonces él le reprocha amargamente que no fue con ella porque ella no quiso, porque aún era medio niña y medio tonta, ocupada en vestir a sus muñecas y en aprender a montar en bici sin ruedines. A ella le enternece tanto reproche absurdo y, para que no se enfade mucho, le ronronea al oído y susurra:
- Menos mal que cambié de opinión, olvidé las muñecas y me quedé contigo, ¿verdad, mi amor?
Y todo termina bien, con un fundido en negro precioso, pese a los diez años de diferencia.
lunes, 19 de febrero de 2007
Carnavales.
El empirismo puro y duro, la atenta observación del comportamiento humano y la necesidad de escribir chorradas como esta me han llevado a concluir que, durante el Carnaval, la elección del disfraz viene determinada en gran medida por la morfología de la persona en cuestión.
Así, las tías buenas se disfrazan de:
princesas medievales, caperucitas, colegialas lúbricas, súper heroínas, personajes de época, enfermeras con poca ropa, vampiresas de afilados colmillos, Marilyn Monroe, Olivia Newton-John y un largo etcétera.
Las tías feas, en cambio, se disfrazan de:
vaca (¿?), ficha de dominó (¿¿??), niña de Shrek (¿¿¿???) .
Ocupémonos ahora del género masculino.
Los tíos guapos se disfrazan de:
drugos de La naranja mecánica, piratas, médicos, bomberos y polis.
Los tíos feos, por último, se disfrazan de:
monja (¿?), puta (¿¿??), niña de Shrek (¿¿¿???).
La cosa va así, y no me pregunten por qué, no la he inventado yo...
Así, las tías buenas se disfrazan de:
princesas medievales, caperucitas, colegialas lúbricas, súper heroínas, personajes de época, enfermeras con poca ropa, vampiresas de afilados colmillos, Marilyn Monroe, Olivia Newton-John y un largo etcétera.
Las tías feas, en cambio, se disfrazan de:
vaca (¿?), ficha de dominó (¿¿??), niña de Shrek (¿¿¿???) .
Ocupémonos ahora del género masculino.
Los tíos guapos se disfrazan de:
drugos de La naranja mecánica, piratas, médicos, bomberos y polis.
Los tíos feos, por último, se disfrazan de:
monja (¿?), puta (¿¿??), niña de Shrek (¿¿¿???).
La cosa va así, y no me pregunten por qué, no la he inventado yo...
miércoles, 14 de febrero de 2007
Diecisiete maneras de joder una relación
- Se me acaba el amor, nena, se me acaba el amor…
Ella le escucha pajearse en la habitación contigua, y piensa en la indecente cantidad de kleenex empapados de sus fluidos que se está perdiendo, y se le ocurre que ese semen podría estar derramándose en su garganta en lugar de derrocharse sin más. Pero él apenas la mira, se acuesta en la cama sin tocarla. Ella le pone empeño y ganas, pega su cuerpo a su espalda, se restriega despacio, incluso se atreve a acariciarle el vientre… Pero no hay manera.
- Se me agota el amor, nena, se me agota el amor…
Ella lo ha intentado todo. Todo, de verdad. Y se esfuerza, pero ya no se le ocurre cómo provocarle. Se ha comprado lencería de encaje, se ha disfrazado de colegiala. Se ha dejado humillar, como una sumisa obediente. Le ha humillado, divirtiéndose al tomar las riendas. Le ha susurrado lo guarra que le hace -hacía- sentirse cuando le pedía que se la tragara entera. Se ha excitado mucho, pero con él no hay nada que hacer. Ha usado todos sus registros: ha sido inocente, descarada, vulgar, impertinente, sutil, elegante. Se ha vestido y desvestido, ha recorrido el pasillo con andares felinos, con aires de tigresa en celo.
- Se me gasta el amor, nena, se me gasta el amor…
Ha intentado rozarle la entrepierna como quien no quiere la cosa, en el coche, mientras le contaba ese sueño tan raro que tuvo: casi no recuerda de qué iba pero se despertó empapada. Se ha puesto tierna y cariñosa, le ha dejado notas en los bolsillos de la chaqueta. Ha ido a verle al despacho sin ropa bajo el abrigo. Ha dejado infinidad de juguetes en su cajón, y una caja de condones sin abrir, para ver si se daba por enterado y se animaba a usarlos. Por supuesto, siguen sin estrenar. Ha chupado piruletas con insistencia. Se ha afeitado el coñito hasta dejarlo suave y liso. Le ha recordado lo bien que lo pasaban juntos hace unos meses, cuando él le decía que era una zorra, una putita barata, y cuánto le gustaba que le jodieran bien y ella le decía que sí con cabeza -"pero no te pares por favor, embísteme, aráñame, clávamela, empálame toda, dame más fuerte, más, más duro, más hondo. Dame más"-.
- Se me apaga el amor, nena, se me apaga el amor…
Y entonces ella piensa que vaya idiota, que parece mentira que con veintilargos aún no se dé cuenta de nada, y se empeñe en mezclar amor y sexo, en confundir amar con follar.
Ella le escucha pajearse en la habitación contigua, y piensa en la indecente cantidad de kleenex empapados de sus fluidos que se está perdiendo, y se le ocurre que ese semen podría estar derramándose en su garganta en lugar de derrocharse sin más. Pero él apenas la mira, se acuesta en la cama sin tocarla. Ella le pone empeño y ganas, pega su cuerpo a su espalda, se restriega despacio, incluso se atreve a acariciarle el vientre… Pero no hay manera.
- Se me agota el amor, nena, se me agota el amor…
Ella lo ha intentado todo. Todo, de verdad. Y se esfuerza, pero ya no se le ocurre cómo provocarle. Se ha comprado lencería de encaje, se ha disfrazado de colegiala. Se ha dejado humillar, como una sumisa obediente. Le ha humillado, divirtiéndose al tomar las riendas. Le ha susurrado lo guarra que le hace -hacía- sentirse cuando le pedía que se la tragara entera. Se ha excitado mucho, pero con él no hay nada que hacer. Ha usado todos sus registros: ha sido inocente, descarada, vulgar, impertinente, sutil, elegante. Se ha vestido y desvestido, ha recorrido el pasillo con andares felinos, con aires de tigresa en celo.
- Se me gasta el amor, nena, se me gasta el amor…
Ha intentado rozarle la entrepierna como quien no quiere la cosa, en el coche, mientras le contaba ese sueño tan raro que tuvo: casi no recuerda de qué iba pero se despertó empapada. Se ha puesto tierna y cariñosa, le ha dejado notas en los bolsillos de la chaqueta. Ha ido a verle al despacho sin ropa bajo el abrigo. Ha dejado infinidad de juguetes en su cajón, y una caja de condones sin abrir, para ver si se daba por enterado y se animaba a usarlos. Por supuesto, siguen sin estrenar. Ha chupado piruletas con insistencia. Se ha afeitado el coñito hasta dejarlo suave y liso. Le ha recordado lo bien que lo pasaban juntos hace unos meses, cuando él le decía que era una zorra, una putita barata, y cuánto le gustaba que le jodieran bien y ella le decía que sí con cabeza -"pero no te pares por favor, embísteme, aráñame, clávamela, empálame toda, dame más fuerte, más, más duro, más hondo. Dame más"-.
- Se me apaga el amor, nena, se me apaga el amor…
Y entonces ella piensa que vaya idiota, que parece mentira que con veintilargos aún no se dé cuenta de nada, y se empeñe en mezclar amor y sexo, en confundir amar con follar.
martes, 13 de febrero de 2007
Leitmotiv.
Él - No se trata de transmitir ideas, sino de inventarlas. Se trata de construir universos paralelos, de arriesgarse en la creación de una obra inútil, infinita y absoluta.
Ella - ¿Para qué?
Él - Ah, no sé, pero tenía que decirlo.
Ella - ¿Para qué?
Él - Ah, no sé, pero tenía que decirlo.
jueves, 8 de febrero de 2007
Crímenes ejemplares.
Él- Y yo te quiero, pero sé que tú a mí no. Es la historia de mi vida.
Ella- Oye, es un lema muy bueno. Deberías estamparlo en alguna camiseta, seguro que te forrabas.
No hay mujeres buenas. Por lo visto, conmigo les resulta particularmente divertido ser crueles.
Ella- Oye, es un lema muy bueno. Deberías estamparlo en alguna camiseta, seguro que te forrabas.
No hay mujeres buenas. Por lo visto, conmigo les resulta particularmente divertido ser crueles.
miércoles, 7 de febrero de 2007
Fama.
Él siempre fue un célebre don nadie. Llamaba la atención que alguien pudiera pasar tan desapercibido. Una vez, en un aeropuerto, se indignó sobremanera al cruzarse con una folclórica famosa: ella se empeñaba en no reconocerle.
martes, 6 de febrero de 2007
Inventario.
Me dejaste sola con:
una foto en blanco y negro, un montón de buenos recuerdos, las ganas a punto de devorarme, una obsesión que no me deja respirar tranquila, tu olor persiguiéndome en sueños, un vestido desabrochado, un tren sin destino, un andén azul de niebla, tres noches sin dormir, unos zapatos de tacón, varias bombillas fundidas, unas sábanas sucias, una mañana en tu terraza, algunos besos robados, libros de Roth, mi sangre y tu semen mezclados, toda nuestra mitología, el Minotauro aburrido, un laberinto vacío, facturas de teléfono, discusiones y versos, un navajazo y dos venganzas, una canción de Neil Young, pelis a medio empezar y otras sin acabar, un bloc de post-it por estrenar, confesiones de madrugada, un banco en el parque, cigarrillos que no compartimos, gritos y gemidos, el sol en alguna isla desierta, un labio partido, ropa tirada por el suelo, mis caprichos, tus portazos, los moratones en mi pecho, un concierto, pocos momentos sobrios y muchas frases inconclusas, muchos cafés y risas, la luna colgada del techo, un par de ataques al corazón, dos postales del extranjero y una promesa por cumplir.
Esto es todo lo que tengo.
una foto en blanco y negro, un montón de buenos recuerdos, las ganas a punto de devorarme, una obsesión que no me deja respirar tranquila, tu olor persiguiéndome en sueños, un vestido desabrochado, un tren sin destino, un andén azul de niebla, tres noches sin dormir, unos zapatos de tacón, varias bombillas fundidas, unas sábanas sucias, una mañana en tu terraza, algunos besos robados, libros de Roth, mi sangre y tu semen mezclados, toda nuestra mitología, el Minotauro aburrido, un laberinto vacío, facturas de teléfono, discusiones y versos, un navajazo y dos venganzas, una canción de Neil Young, pelis a medio empezar y otras sin acabar, un bloc de post-it por estrenar, confesiones de madrugada, un banco en el parque, cigarrillos que no compartimos, gritos y gemidos, el sol en alguna isla desierta, un labio partido, ropa tirada por el suelo, mis caprichos, tus portazos, los moratones en mi pecho, un concierto, pocos momentos sobrios y muchas frases inconclusas, muchos cafés y risas, la luna colgada del techo, un par de ataques al corazón, dos postales del extranjero y una promesa por cumplir.
Esto es todo lo que tengo.
miércoles, 31 de enero de 2007
Idioteces.
Él: Mi problema es que soy muy indeciso...
Ella: ¿En serio?
Él: No sé...
Ella: ¿En serio?
Él: No sé...
***
Mucho ruido y pocas nueces
Ella decidió matricularse en la que le pareció la más bonita e inútil de las carreras habidas y por haber: Humanidades. Él asistía a todas las clases de Teoría del Arte Contemporáneo. Ella llevaba siempre medias de colores y vestidos de tirantes. Él, zapatos de cordones y calcetines grises. Ella tomaba apuntes en su libreta. Él se pasaba la hora y cuarto mirándola. Ella, en cambio, no le miró ni una sola vez.
Ella decidió matricularse en la que le pareció la más bonita e inútil de las carreras habidas y por haber: Humanidades. Él asistía a todas las clases de Teoría del Arte Contemporáneo. Ella llevaba siempre medias de colores y vestidos de tirantes. Él, zapatos de cordones y calcetines grises. Ella tomaba apuntes en su libreta. Él se pasaba la hora y cuarto mirándola. Ella, en cambio, no le miró ni una sola vez.
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Tablón de anuncios:
Alumna obediente y aplicada busca profesor paciente que le enseñe a conjugar el verbo "pervertir".
Abstenerse fanáticos de Paulo Coelho.
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Cinco maneras de entrarle a una chica como yo:
- Perdona, ¿puedo sentarme aquí?
(Más efectiva si ella está sentada y hay un sitio libre a su lado. De lo contrario pensará que eres un gilipollas, que es el efecto contrario de lo se que pretende)
- Lo haces adrede, ¿verdad?
- Oye, ¿tú no crees que ya hemos perdido bastante el tiempo?
- ¿OK Computer o Amnesiac?
- ¿Escupes o tragas?
(Versión porno-sincera de la anterior, aunque básicamente ambas persiguen el mismo fin. Con esta última, el éxito está casi garantizado/asegurado)
- Perdona, ¿puedo sentarme aquí?
(Más efectiva si ella está sentada y hay un sitio libre a su lado. De lo contrario pensará que eres un gilipollas, que es el efecto contrario de lo se que pretende)
- Lo haces adrede, ¿verdad?
- Oye, ¿tú no crees que ya hemos perdido bastante el tiempo?
- ¿OK Computer o Amnesiac?
- ¿Escupes o tragas?
(Versión porno-sincera de la anterior, aunque básicamente ambas persiguen el mismo fin. Con esta última, el éxito está casi garantizado/asegurado)
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Me invitó a un café. Sonreí, le di las gracias y me largué, dejándole a medias y con las ganas a punto de reventar el pantalón.
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Se miraron, sólo eso. El uno frente al otro, como casi siempre. Estudiando por las noches lo que es invisible de día: la poesía empieza donde terminan las palabras.
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Llevaba su nombre grapado en el pecho. La cartulina, de color blanco y rojo, rezaba: Amparo. Se acercó a mí con una sonrisa de kilómetros. La oí gritar algo sobre la solidaridad y el hambre en el mundo y las guerras, mientras yo me alejaba corriendo, dejando atrás la solidaridad y el hambre en el mundo y las guerras y la posibilidad de ligarme a Amparo con mi dominio de la dialéctica y Dios sabe cuántas cosas más.
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-Definitivamente, debería ingresar en un centro psiquiátrico.
- ¿Lo dices por tu tendencia esquizoide?
- No, lo digo porque creo que me he enamorado de Risto Mejide.
- ¿Lo dices por tu tendencia esquizoide?
- No, lo digo porque creo que me he enamorado de Risto Mejide.
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Born in the USA
"I hate strip-joints, I just can´t stand them, but I see you´re not a wage-earner... You´re not a lily-white virgin, aren´t you? I´m sure you´re hungry, hum? You dirty little whore... Come on, suck me off! Don´t be ashamed, I know you love it. Suck it, honey... I´d like hear you breathing, come, on, breathe. You can´t? Am I suffocating you, baby? Oh, poor little girl... You like my cock, uh? Do you like my hard cock? Take it easy, you can have it in the mouth all night long... I want to put my hard cock in your soft pussy. I´ll fuck you later, don´t worry. I´ll fuck you, I promise, I promise. I´ll fuck you, filthy girl... But please, keep on sucking for a while..."
(Cuarenta segundos después)
"Did I came too soon?"
Jamás vuelvo a enrollarme con un americano. Lo juro.
"I hate strip-joints, I just can´t stand them, but I see you´re not a wage-earner... You´re not a lily-white virgin, aren´t you? I´m sure you´re hungry, hum? You dirty little whore... Come on, suck me off! Don´t be ashamed, I know you love it. Suck it, honey... I´d like hear you breathing, come, on, breathe. You can´t? Am I suffocating you, baby? Oh, poor little girl... You like my cock, uh? Do you like my hard cock? Take it easy, you can have it in the mouth all night long... I want to put my hard cock in your soft pussy. I´ll fuck you later, don´t worry. I´ll fuck you, I promise, I promise. I´ll fuck you, filthy girl... But please, keep on sucking for a while..."
(Cuarenta segundos después)
"Did I came too soon?"
Jamás vuelvo a enrollarme con un americano. Lo juro.
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