domingo, 12 de noviembre de 2006

Relatos minúsculos

Yo sé que al tipo que fumaba como un carretero le parecí rara desde el principio, principalmente por criticar los colores de su corbata y llevar más escote lo que resultaba estrictamente decente para asistir a aquel tipo de evento serio, y por no dejar de hablar de mí cuando lo correcto hubiese sido, como mucho, citar a Chomsky con aire misterioso y no volver a abrir la boca durante el resto de la velada. En fin. No debí aceptar la invitación, y más tratándose de ti. Nada de líos con profesores de la facultad. Sólo es una cena, argumentaste, quizá te lo pases bien. Pero ese sitio repleto de conferenciantes estúpidamente pretenciosos me daba ganas de emborracharme a conciencia y hablar más de lo permitido. Seguro que tú disfrutaste con aquella reunión de universitarios viejos. Seguro que yo disfruté bastante más que tú. Al día siguente por fin brillaba el sol tras una semana de melancolía, y salí descalza, para notar la hierba bajo los pies. Y nada más.

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Mira que se lo dije, nada de extravagancias de las tuyas o me harás quedar como un idiota delante de los compañeros del Departamento, y lo que es peor, perderé parte de mi reputación de hombre suficiente y altanero. Te llevo, pero pórtate bien. Parece que tendré que seguir ensayando el tono paternal. Cuando llegamos a la cena, tras el Congreso de Lingüística, se puso a hablar alto y llamó la atención sin remedio, ella nunca fue discreta y elegante. Es una especie de huracán de desequilibrio y descontrol, siempre atraída por los excesos y los límites imposibles y el abismo y la vulgaridad y las palabras obscenas. Yo aspiraba publicar un estudio sobre la obra de **** que me había costado un año y pico redactar, y ella lo iba a echar todo a perder. Pensé que debería haber venir sin acompañante, mejor solo que con una estudiante de tercero, guapa, eso sí, pero con poco o ningún sentido de la educación y la decencia. En fin. Yo le hacía poco caso, mostraba una actitud distante, silenciosa y sabia, que me permitía codearme con los críticos más distinguidos de la fiesta. Cuando ya había bebido más de la cuenta y temía tener que llevarla a casa a rastras, incluso tener que acostarla yo mismo, cayó del cielo un alma caritativa que accedió a acompañarla al baño para se despejara un poco y dejara de soltar barbaridades en público, dejándome en evidencia ante tanta gente. A partir de ahí me olvidé de ella, desapareció por completo y caí en la cuenta al final de la noche, cuando los camareros recogían los platos sucios, los ilustres catedráticos volvían a sus hoteles y yo volvía a mi apartamento. Solo. Me asaltó la preocupación, pero enseguida pensé que una chica como ella sabría arreglárselas, aunque tuviera una facilidad innata para meterse en líos. Tardé muy poco en dormirme.

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Estaba fuera, fumándome el decimosexto cigarrillo del día, cuando apareció aquella chica vestida de negro, extraña y a su manera, atractiva. Muy joven, casi una cría. Peor, una niñata. Pero me gustaba mucho. Le seguía un tipo serio y aburrido. No volví a reparar en su presencia hasta un par de horas más tarde, cuando la vi caminar (acompañada de una de mis colegas de la Universidad de *********, Mº José Izquierdo, que siempre se presta a este tipo de acciones altruistas y desinteresadas) cabizbaja pero sonriendo, hacia el baño de señoras, al fondo del reservado, supongo que para intentar calmarse echándose agua fría en la cara. Hasta entonces, la velada había sido tremendamente insulsa: comida mala, camareros torpes, ni una sola conversación divertida. Me pasé la tarde de conferencias dormitando en la silla, procurando que no se notara demasiado mi absoluta falta de interés por la lingüística computacional y sus aplicaciones prácticas. Lugares comunes repetidos incansablemente. En fin.Pero vi a la chica de negro y salté sobre aquella oportunidad como una fiera sobre su presa. Le conté a mi compañera no sé bien qué historia, explicándole que la chica y yo nos conocíamos, quizá que era la sobrina de algún amigo, o mi protegida, vete a saber qué le diría. En cualquier caso, lo importante es que se lo tragó y la chica no protestó lo más mínimo, asintiendo con la cabeza, musitando incluso: "Menos mal que has venido... Por cierto, llevas una corbata que es para matarte" pero creo que esto último resultó incomprensible para Mº José. Me dejó con esa preciosidad colgada del cuello y se marchó a su sitio, donde ya iban llegando los postres. Joder, me dije, ¿y ahora qué? Pero no tuve tiempo de pensar demasiado porque la chica me agarró fuerte de la mano, y exclamó, con un tono decidido, que se aburría mortalmente y que era mejor marcharse de allí cuanto antes. Me preguntó si había venido en coche, a lo que contesté afirmativamente. Yo te guío, me dijo, traviesa y excitada. Follamos en una cama estrecha, en una habitación llena de peluches de niña. Se desnudó con un ansia que no había visto nunca antes. Al acabar se acomodó en mi pecho y suspiró hondo. Reinaba un extraño silencio en la casa. Al día siguiente abrí los ojos y la sorpendí observándome. Me comentó algo de salir al jardín sin zapatos, que hoy hacía sol y daban ganas de todo. Yo le besé la frente, me vestí rápido y me marché sin girarme una sola vez.

lunes, 6 de noviembre de 2006

H2O

Encontraron su cuerpo tres días después, hinchado por el agua, con el rostro desfigurado y los bolsillos vacíos. A mí me dijeron que la corriente lo había arrastrado río abajo, que había decidido suicidarse aquel domingo de madrugada, cuando volvía a casa. Lo imagino entonces, fumando tabaco negro, hambriento y sin afeitar. Me dijeron que se tiró desde el puente, que quizá fuera borracho o colocado, que probablemente estuviera chiflado o inexplicablemente triste.Pero yo sé que en realidad murió ahogado porque quiso beberse la luna en el reflejo del agua, sorber entero aquel disco de plata, fundirse con esa luz casi tan suave y tibia como mis caricias.Y él no era de los que se rinden con facilidad. De hecho, casi lo consigue, porque yo vi las marcas de estaño en sus párpados cuando lo descubrieron en el fondo del río. La luna ya no sale nunca. Se esconde en el cielo, vestida de luto.

jueves, 2 de noviembre de 2006

[Acotaciones metafísicas]

Últimamente mantengo conversaciones tan intensas y profundamente reveladoras como éstas:

[Señalando mi bolsa de caramelos]
Él - No entiendo cómo puedes comer tantas cosas de ésas.
Ella - Si te gustaran tanto como a mí, lo entenderías.
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[Con una sonrisa en la cara]
Él - Eres una chica encantadora.
Ella - Ya, y eso que todavía no me he puesto de rodillas.

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[Un día en el que me sentía especialmente triste y autodestructiva]
Ella - ¿Tienes por ahí una pistola cargada?
Él - Uhm... No. ¿Te sirve media tonelada de nitroglicerina?

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[Muy serio, con ademán de cineasta de la Nouvelle Vague]
Él - Habría rodado una docena de pelis porno por el simple placer de admirar tus grandiosas tetas en la pantalla.

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Él - No puedo evitar mirarte sin pensar que estás hecha para otra cosa mejor que para hablar, pero me resulta difícil hablar sin mirarte.
[Ella le lanza una mirada llena de laberintos, entre cómplice y socarrona]
Él - Sí, vale, está bien, tú ganas. Es un puto plagio, Vian escribió esa frase mucho antes que yo. Pero no creas que la afirmación dejade ser cierta por semejante nimiedad.

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Él - ...y me confunden tus besos, y ya no sé dónde termina tu cuerpo y empieza el cielo...
[Ella se queda Atónita, con a mayúscula]
Ella - Dime, ¿cuánto tiempo has ensayado para que te quedara natural algo así de cursi?

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[De repente, en una habitación a oscuras, tras un polvo casi interminable, cuando caimos rendidos en la cama y yo empezaba a sumergirme en el sueño]
Él - Necesito un trago, Jack. Ponme un whisky. Doble.
Ella - ¿Qué?
Él - Nada, es que siempre quise decir esa frase en algún momento de mi vida, y me pareció que éste era el indicado...
Ella - ...
Él - ...
Ella - Duérmete, anda.

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Él - Eres jodidamente hermosa.
Ella - ¡Qué va, eso es que te pasaste ayer noche con la ginebra, y llevas una resaca tan terrible que por poco no la cuentas!
[Él se ríe despacio]
Ella - ¿Ves? Eso son ruidos de tu hígado, que se queja.

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Él - Te voy a regalar una camiseta en la que ponga "Best Sucker in Town".
Ella - Por eso me gustas tanto: eres de un romanticismo insuperable.

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[Una tarde de lluvia]
Él - ¿Por qué no lo mandamos todo a la mierda, nos escapamos lejos de aquí y nos fugamos a vivir a un lugar donde no nos conozca nadie? Yo te haría un montón de hijos, y seríamosfelices los dos juntos... ¿Quieres?
Ella - Claro. ¿Le has puesto gasolina al coche?
Él - Uhm... No.
Ella - Mierdra. Me parece que a este plan le falla algo.
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sábado, 28 de octubre de 2006

Línea 12 (Parte I)

Debería haber ido andando. Joder, sí. Debería. Me siento incómoda cuando empiezo a notar que se me pega la ropa al cuerpo y el ambiente se carga de respiraciones entrecortadas, de pisotones y prisas. Se empañan los cristales y todo se vuelve translúcido. Ya no queda ni un centímetro libre de carne en el autobús. La gente sueña, apretujada en los asientos gastados, con primaveras por estrenar y gorriones y tostadas con mantequilla y otras cursiladas que siempre aparecen en las pelis. Y de repente, noto por detrás la cercanía de un cuerpo extraño, sus dedos largos y huesudos que rozan los míos en la barra de hierro con más frecuencia de la estrictamente habitual y necesaria. Me sudan las manos, seguro que me huelen a metal, como cuando manoseas una moneda mucho tiempo seguido. Los olores acaban destiñendo sobre mí, es inevitable, pierden su esencia y se me quedan pegados a la piel como una condena. Sin embargo, el desconocido huele a ropa mojada, a ese vago aroma de lluvia que se presiente en las calles justo antes de una tormenta. Alzo un poco la cabeza, como desafiando aquella presencia insistente, cuyo calor noto a escasos milímetros de mi espalda. Ni se te ocurra restregarte, chaval, que te estoy viendo venir. El típico baboso. O el típico cretino que va de listillo. Quizá los dos reunidos en uno solo. Me giro, doy media vuelta sobre mí misma, pero, para mi sorpresa, descubro a un chico flaco, ojeroso, con la boca llena de secretos. Y le miro mucho, y, de golpe, me gusta. Parece el tipo de tío que subraya frases de libros con un lápiz pequeñito, de ésos que se beben la leche fría por las mañanas, de esos que no entienden de física cuántica ni son capaces de cambiarle la rueda a un coche, pero saben observar los detalles que importan. Esa mañana gris decido enamorarme del lunático de turno. Todo sucede deprisa, durante el trayecto del bus de la línea 12, que sale de la Plaza Borrull a las 07:42, me recoge en el Paseo Ribalta a las 07:57 y, si todo va bien y el mundo sigue girando hacia el mismo lado, llega a la Facultad de Humanas a las 08:03. Siento que me arden las mejillas. Con un gesto casi impreceptible, acerco mi pecho hacia el objeto de mi nerviosismo; date prisa, me digo, te quedan apenas unos minutos antes de bajar... Y me sorprendo de nuevo, algo avergonzada por el ansia implacable de aquel contacto físico, por el huracán que desata en mi garganta este tipo de encuentros imprevisibles. Casi sin querer, me dejo llevar, me resbalo toda mientras cruzamos la avenida Sos Baynat, llena de curvas y frenazos bruscos, que son la excusa perfecta para un nuevo roce. Disfruto imaginándome derretida sobre mi escuálido compañero de juegos. Está tan cerca de mí que casi podría estar dentro. Estoy tan cerca de él que casi podríamos no ser, evaporarnos, convertirnos en diminutas gotas de agua buscándose por los cristales del autobús. Noto su aliento suave en mi sien, me fijo en la curva de su barbilla, intento aprenderle de memoria. Y, de pronto, me acaricia el hueco que queda justo entre el hombro y el cuello, sigiloso y furtivo. Sigue deslizando la yema de sus dedos hasta detrás de mi oreja, deja tras de sí una estela de espuma, una quemadura vibrante que me estremece. Y me susurra algo al oído, algo que yo no acierto a entender del todo, pero vuelvo a estremecerme y esa es la señal inequívoca de que ya puedo dar por perdidas la calma y la razón.[...]

La foto aparece por cortesía de Bruno. Podeis ver más aquí.

sábado, 14 de octubre de 2006

Opus nº 2


A veces me canso de intentos de papel y fantaseo con la remota posibilidad de intentos de carne.
(De entre las nueve razones que se me ocurren para reencarnarme, tu cuerpo me parece la más sensata. Las ocho restantes carecen de importancia).

La foto es de Bruno. Ésta es su página personal.



viernes, 15 de septiembre de 2006

No es un secreto...

...que las estrellas caigan del cielo.

Follar con P. era como hacer cine. Eran polvos enormemente cinematográficos, pero largos y grandiosos, eso sí. Todo muy visual, erótico y llamativo, un polvazo estudiado con el guión escrito a medias, calulando el enfoque y la intensidad de la luz para provocar orgasmos en la protagonista (véase, servidora) y el aplauso del público (fictico, claro) al terminar las acrobacias propias de este tipo de escenas.
Las secuencias nos salían perfectas a la primera, casi sin querer, aunque repitiéramos alguna toma porque yo me había quedado con ganas de más. Él hablaba mucho, me daba indicaciones con la cara que, imagino, ponen los directores importantes y expertos cuando deben manejar a actores novatos:- Nena, ponte así mejor, que te vea yo esa carita de ***** que tienes...Pero al final yo me olvidaba de todo, me moría sola improvisando, le salía con un movimiento totalmente imprevisto y empezaba a gemir rápido, y a P. no le quedaba más remedio que seguirme el juego, entre desconcertado y furioso.
Yo disfrutaba tanto, fotograma a fotograma, que no veía las horas pasar y al final del día teníamos un largometraje de siete horas y media en el que todo resultaba indispensable.Cada gesto, cada frase y caricia iba encaminado a embellecer, a enriquecer la escena. Y no, no me molestaba nada la presencia de la cámara, al contrario. Era casi reconfortante saber que todo mi placer quedaba grabado en esa mecánica retina, y me movía serpenteando bajo su atenta mirada, como cuando te desnudas frente a una ventana abierta sabiendo que tienes un vecino muy dado al voyeurismo.
P. me dirigía y lo hacía bien, me follaba con la maestría de, digamos, Truffaut o Wenders, con ese punto de talento y genialidad que se esconde bajo capas de modestia y sencillezY a mí me gustaba ser la estrella de sus escarceos amorosos, pero pronto conocí a K. y me entraron unas terribles ganas de saber cómo se las ingeniaría él para satisfacerme.
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Era un chico enclenque, de cabellos rizados y ojos claros. Músico, y eso se notaba. Se notaba sobre todo en su modo de acariciarme los muslos como si sus dedos se deslizaran por las teclas de un piano, y por su peculiar modo de hacerme entender lo que deseaba. Utilizaba un lenguaje distinto, hecho de acordes siempre afinados, muy alejado de aquél al que me había acostumbrado P., más crudo y explícito.
K. apenas se movía, dejaba que yo descubriera dónde se escondían los resortes de su cuerpo, me exigía ser lenta y meticulosa. Ni se te ocurra olvidar un sólo pentagrama, solía decirme al empezar a desabrocharme la blusa. Y yo sonreía, ronroneaba y le lamía la boca intentando que mis manos aprendieran de memoria la extraña geografía de su espalda.
Con él también aprendí a respetar tiempos y silencios, y logré desprenderme de la embarazosa costumbre de salir corriendo al baño en cuanto cayera desplomado sobre mi cuerpo.
- Tienes que darte un rato, descansa un poco al terminar, hasta que cesen las vibraciones de tu vientre.
Y yo, que siempre fui una alumna aplicada y paciente, esperaba, acostada en la cama, a que se me permitiera, por fin, levantarme y beber agua.
Le complacía escuchar el ritmo de nuestras respiraciones acompasadas, hasta el punto de llegar a grabarlas e incluirlas en lo que más tarde sería la banda sonora de una película francesa.
En cambio, K. no me permitía ruidos excesivos, ni gritos ni suspiros hondos: hacerle un blow-job se convirtió en un ejercicio silencioso y preciso, pues no toleraba que el contacto se extendiera más allá de la frontera de los siete minutos. Siete minutos, decía, es lo que dura una sonata perfecta.
Todo iba bien hasta que dejó de follarme y se le metió en la cabeza hacerme el amor, pensando que algo de sentimiento le daría más "relieve a la música de nuestros cuerpos" (sic).
Se empeñó tanto en conseguir su propósito que me cansé, y comprendí entonces que era mejor salir corriendo en dirección opuesta a ese loco peligroso y cursi que podría matarme de hiperglucemia. Como no soy muy dada a sentimentalismos baratos, no recuerdo la fecha en que ocurrió, pero sé que me marché para no volver una tarde en la que él componía una obra nueva mientras yo hacía la maleta, distraída. De fondo sonaba el Réquiem de Mozart.
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Con H. era todo mucho más agresivo y violento, pero tanta hostia me impedía concentrarme en chupársela como es debido y tuve que dejarle. Él me dejó tantos cardenales como facturas sin pagar.
También lo intenté con Z., un maniaco-depresivo con tendencias suicidas, algo dado a la bebida y obsesionado con Joyce. Le abandoné el día en que presentaba su tesis doctoral.
(A todo esto, P. ya se había convertido en un director porno de prestigio, y le dieron algunos premios que lo consagraron como el mejor guionista de la historia del cine X, lo cual no deja de tener mérito.)
Poco después me acosté con un traumatólogo insoportable que aprovechaba mi flexibilidad innata para repasar sus clases de anatomía y además, susurraba el nombre de su ex mujer cuando se corría sobre mí.
Lo cierto es que desfilaron por mi cama tantos hombres como perversiones existen: carteros, chiflados, trompetistas de jazz y poetas en paro, vegetarianos convencidos, mentirosos compulsivos, culturetas, irlandeses y checos, hijos de Satanás, cínicos y traviesos, gafapastas, tímidos sin remedio, fanáticos del fútbol y la patria, reclutas de pelo en pecho, asiduos oyentes de la Cope, evangelistas, profesores de facultad, canallas del tres al cuarto, progres, fumadores, sibaritas, ingenieros mediocres y arquitectos famosos, turistas de incognito, nuevos ricos, juergistas, estúpidos, cretinos y otras tribus urbanas, infieles enamorados, moteros, un tío clavado a Jeff Buckley, otro que me insultaba al oído, críticos literarios y un periodista deportivo con complejo de Edipo...
Lo he probado casi todo, pero ahora, cosas de la vida, lo que de verdad me apetece es... follarme a un taxidermista.

lunes, 11 de septiembre de 2006

Retales

Amo mi desnudez, porque desnuda me bebes con los poros, y derribas con tu calor los límites, me abres todas las puertas, y me tomas de la mano como una niña perdida que en ti dejara quieta su edad y sus preguntas.
Tu piel dulce y salobre que respiro y sorbo pasa a ser mi universo, la tierra que me nutre, la aromática lámpara que alzo estando ciega, cuando junto a las sombras los deseos me ladran.
Cuando me desnudas con los ojos cerrados, quepo en una copa vecina de tu lengua, quepo entre tus manos como el pan necesario, quepo bajo tu cuerpo más cabal que tu sombra.
El día en que me muera, entiérrame desnuda, para que limpio sea mi reparto en la tierra, para que puedas besarme la piel en los caminos y trenzarme en cada río los cabellos dispersos.
El día en que me muera, entiérrame desnuda, como cuando nací, de nuevo, entre tus piernas.

domingo, 23 de julio de 2006

El viaje vertical

Escribo con la seguridad que da estar lejos del hogar familial... y con un teclado sin acentos. Leo con la sombra implacable de la duda rondando mi cabeza. Apenas creo ni tengo. Sue*o con Kim Novak. Vago por las calles oscuras, viendo como asciende el humo azul del asfalto. Me imagino contigo, llegando tarde a todos sitios. Me gusta viajar de noche.

"Solo la vida ense*a algo. Asi pensaba ese dia Mayol, caminando distraido por el barrio de la Ribera, cubriéndose con un paraguas rojo de siete dolares. En la casualidad de la calle - porque las calles son un lugar ideal para las causalidades que ofrece la vida moderna - se cruzo con una mujer vestida de negro, un luto riguroso llevado por una mujer de otros tiempos que cautivo a Mayol. [...] Unos minutos mas tarde, al enfilar el ultimo tramo del paseo del Borne y reparar en un ciego que estaba mirando al cielo, Mayol detuvo sus pasos para contemplarlo con detenimiento. Se pregunto qué andaria buscando aquel ciego en las nubes."

sábado, 24 de junio de 2006

Consejos para no aburrirse en vacaciones.

En estos días de verano recién nacido, muerda bolis bic.
Salte olas en la playa.
Invoque viejas y olvidadas costumbres, y siga asombrándose ante el misterio que encierra el paso del tiempo. Guarde el temor de la noche más larga, el instante imperecedero que sacudió sus cimientos, el golpeo de la vida junto a su pecho, el latido quebradizo de un sentimiento más certero que el amor.
No es muy difícil, si se concentra.
Sorpréndase derretido sobre un cuerpo ajeno, con la sonrisa desbordada a cada segundo, con la palabra intensidad dibujada en la espalda.
Recuerde la velada plenitud que escondían unas manos conocidas, y el fantasma de la noche abrazándose a las parejas que se besan sin parar, intentando deshacerse de las cadenas que le atan a las palpitantes estrellas de plata.
Imagínese como un río hermoso y desbocado hacia algún océano interior. (Es el típico consejo que dan los libros de autoayuda baratos que jamás compro.)
En cualquier caso, trate de cerrar los ojos. Descubrirá que hay luz bajo sus párpados.

domingo, 11 de junio de 2006

Más regalos.

"No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.
Muero de ti y de mí, muero de ambos,
de nosostros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.
Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.
Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros,
separados del mundo,
dichosa, penetrada, y cierto, interminable.
Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos,
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.
Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos obscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mí, quiero decir,
te llamo, te llaman los que nacen,
los que vienen de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos."

Aunque no quiera reconocerlo, soy, sin duda, la niña más mimada de la creación...

jueves, 8 de junio de 2006

Mierdra.

Hoy quería escribir, escribir mucho, páginas y páginas de sensaciones sin remedio, contar que tengo una herida que no se me cura y etcétera, pero no. Hoy no escribo, porque quería decir algo sin utilizar mis palbras predilectas, o al menos aquellas que salen siempre aunque no las llame, y no he podido. Sólo he conseguido hacer una lista de las palabras que repito con cierta frecuencia (insistencia?) y de manera casi involuntaria. A saber:

- amor (claro que sí, ésta no podía faltar, y eso que ni siquiera sé lo que significa) - labios, boca y derivados (no sé por qué, pero es inevitable, siempre se me cuela alguna) - cuerpo, piel, besos, caricias (éste es el kit ñoño y cursi del que no logro desprenderme por más que lo intento)
- luz, oscuridad (dicotomía indispensable en cualquiera de mis absurdas creaciones literarias)
- los puntos suspensivos (sí, ya sé, no es una palabra... Bueno, yo tampoco lo entiendo, debo ser adicta a ese bonito e inútil signo de puntuación...)

Así que ya está. No he conseguido escribir nada decente. Otra vez será.
Vosotros no os preocupéis. Haced como yo. Escribid menos y hablad más. Leed mucho, id a la playa. Mudaos de casa.
Al fin y al cabo, la vida ya es literatura. Y de la buena.
A veces incluso te regala amor, luz y besos en la boca...

miércoles, 7 de junio de 2006

Rectifico.Puntualizo.




Tarkovski y Sokurov se añaden a la lista.
Como habrán podido comprobar, en épocas de exámenes, yo no estudio.
Veo cine, que para el caso es lo mismo.
O casi.
(Post Scriptum: ¿Qué ocurriría si, un día, la Tierra se llenara de deseo?)

Ésta es la película...





...más guay que he visto últimamente.
Me ENCANTA Vera Chytilova.
Viva los espíritus libres!
(Post Scriptum: Se me olvidaba, Jan Svankmajer también se ha ganado toda mi admiración a golpe de fotograma. Viva el stop-motion y la República Checa!)

domingo, 4 de junio de 2006

Basado en hechos reales

- Hola, sabes quién soy? ...No, claro, con estas pintas y el color del pelo... Pero seguro que te acuerdas, hace unos años, no demasiados, tú desde luego estás más guapo ahora, bueno, quizá no más guapo pero sí más atractivo, sabes? Ese punto interesante que da el paso del tiempo, aunque pareces más triste y nostálgico, no sé...
Éramos jóvenes y locos, y una noche en La Latina me preguntaste si era extranjera, húngara o así, porque tenía cara de húngara, dijiste, a saber de dónde te sacaste eso! Quizá alguien te dijera que era una buen método para ligar, el caso es que casi funciona y no tuve más remedio que echarme a reír. Húngara yo, cómo se te ocurre!
Y reímos los dos y unas copas más tarde nos bañábamos en la fuente de una placita desierta, como si aquello fuera la Cibeles, y nos abrazamos mojados y felices, y luego dormí en tu casa, en una cama estrechísima, y cuando amanecimos delante de un café con leche nos juramos amor eterno...
Luego volvimos a quedar un par de veces, nos colábamos en cines viejos y nos mirábamos a los ojos en la oscuridad de la proyección, te acuerdas?
Y una vez te empeñaste en explicarle a un camarero, haciéndote el indignado, que el postre no era el que habíamos pedido, y tras una pequeña discusión, nos miró como si estuviéramos chiflados y se fue a buscar al encargado. Entonces me cogiste de la mano y aprovechamos para desaparecer de ese restaurante caro sin pagar, y fuera me compraste piruletas de colores y una bolsa de esas palomitas que tienen azúcar por encima...
Te acuerdas? Yo creo que éramos más ingenuos y despreocupados, pero también más felices... Ah, bueno, y lo mejor de todo era que a veces me...

- Disculpe señorita, pero creo que se ha equivocado de persona.

- ...

sábado, 3 de junio de 2006

Principio de incertidumbre

Cómo iba a saber yo que esperaba a alguien, que escondía un secreto, si todo lo que veía era oscuridad.
Claro, siempre camino a pasos apresurados, siempre mirando al frente y despistado, pero es que jamás hubiera imaginado que mientras le sonreía, ella acariciaba a otro.
Le pienso tanto que se me gasta su imagen, se me borra su recuerdo.
Siempre se me escapan los detalles más elementales, y ahora siguen sin cuadrarme su actitud altiva, sus repetidos rechazos, sus caprichos sofisticados.
Qué iba a saber yo, si nunca me doy cuenta de nada y se me olvida lo esencial.
Cómo podría haber adivinado, con tanta alcoba oscura de por medio, que a mí me confundió con otro.
Con otro mejor, sin duda, con otro más alto y más guapo, más fuerte y hábil.
No había más que verle la carita de decepción, cuando llegó la luz y se filtró entre sus dientes una mueca que me quedó atravesada en el orgullo.
Y yo, claro, me esforcé por limpiarle la carita triste, por lamerle las llagas abiertas de la decepción. Sin nigún éxito, por cierto.
En mis brazos, que eran de otro, resultó ser una amante cálida y ejemplar.
Le dedicó los abrazos más certeros, los gestos más profanos, todas las palabras sagradas y todos los enigmas de su espalda.
Con él era capaz de tantos roces sabios, tanto amor contenido y tanta inventiva desbordada que no pude sino abandonarme sin rumbo en el cielo de su boca.
Supe entonces que estaba disfrutando de un regalo robado, y se me llenó la lengua del sabor amargo de la traición, del áspero placer ajeno, de la vergüenza del intruso al que pillan revelando un secreto.

Sufrir un desamor es como morir de frío.